Escenarios intrascendentes: «vin délicieux»

«Hey, tú. Sí, tú… idiota»

La barra está oscura, apenas una luz alcanza a iluminar lo que alguna vez fue un grifo de cerveza. El olor a orines penetra mis fosas nasales y la banda en el escenario lanza unas notas que podrían ser un blues en estado de descomposición.

El mismo tipo que me insultó cuando entré, está a punto de vomitar sus zapatos. Hago como que no veo. El hombre de la barra, demasiado amable para el patético escenario en el que me encuentro, me ofrece el coctel de la casa, una especie de aguarrás con matarratas que tiene nombre de licor barato proveniente de la Toscana. Asiento y lo bebo de pie.

La música no para. El tipo rudo yace, tal vez muerto, en el suelo junto a su vómito y la indiferencia del puño de fracasados que habitamos ese ecosistema lejano, atroz. La luz de la barra parpadea y amenaza con dejarnos a oscuras entre vómito, orines y ese blues podrido y malholiente de cuatro ancianos borrachos.

Una idea circunda mi cabeza. Gira cual rueda de la fortuna y se mezcla con ese licor de tonalidades verdosas que entume mi lengua. Por primera vez en mucho tiempo me siento ligeramente vivo. Sonrío y levanto mi vaso. El barista entiende el mensaje. Me sirve más.

El tipo del vómito se retuerce. Se queja. Balbucea. Nadie hace nada. El de la barra me guiña el ojo y comienza a bailar una canción que no puedo identificar, suena a rock con mariachi. No está mal, pienso, nada mal.

Las ideas se mezclan con la oscuridad. Las notas de la música cobran sentido y hallan una increíble melodía entre tanta mierda. Encuentro arreglos de guitarra y algunas voces que adornan, cual sinfonía, esa canción anónima y sin rostro. Los quejidos del tipo moribundo son como pajarillos que encumbran tal pieza musical.

Intento decir algo, pero mi lengua ya no responde. Así que muevo la cabeza, como queriendo llevar el ritmo y elevo mi vaso, ahora más alto, más firme, más tenaz, para que el camarero, quién no ha dejado de bailar y golpear la barra, me sirva más de ese alcohol verdoso ¿no será licor de menta o yerbabuena? pienso. Tal vez fui prematuro al juzgarlo.

La vida. La vida está aquí, infiero, y llevo mi mano al corazón, que late como si fuera el motor de un auto de Fórmula Uno. No siento la lengua. Ni los dientes. Ni el alma. Ni el dolor. Bebo un sorbo y grito algo sin sentido.

La banda reacciona y me dedica la siguiente pieza; el blues en estado de descomposición es ahora un funk purulento¿Tal vez solo está añejado?, bromeo conmigo mismo. Y claro, río a carcajadas.

El tipo del vómito ya no se mueve. Lo había perdido de vista porque se arrastró cerca de la puerta, como intentando salir. Tal vez pidió ayuda. Tal vez no lo escuché. Tal vez está bien y me preocupo por tonterías. Bebo otro sorbo de este vin délicieux, tan sutil que incluso siento como me aclara la mente alejando todo lo malo, raspando mi garganta cual exfoliante.

Por fin logro entender la letra de la canción que ahora retumba en ese pequeño escenario, oscuro y a punto de derrumbarse en el rincón junto a los baños: “I’m so sick of you, so sick of me, idon’t want to be with you”.

Mutis. Recuerdo por qué estoy ahí. Volteo la mirada hacia la puerta y decido alejarme de aquella pocilga molesto por el espejismo al que sucumbí, por haberme dejado llevar, por haber sido un idiota -debí haberle hecho caso al tipo que me recibió- pero las piernas ya no me responden.

Un intenso dolor de estómago hace que me doble y las náuseas me recorren el cuerpo. Entre dolor y somnolencia veo a un tipo entrar. Observo su estúpido sombrero y su horrible saco de vendedor de aspiradoras. No puedo contenerme y vomito sobre mis zapatos.

La música se vuelve monótona. Caigo. La luz de la barra por fin se funde. El blues termina de pudrirse, las moscas me rodean y a lo lejos escucho a un eufórico anónimo que ríe a carcajadas.

vin délicieux.

DRK, 2014.

Leave a Reply